Traducir hacia la lengua materna

A raíz de un presupuesto que acabo de entregar, me gustaría hablar sobre la traducción hacia la lengua materna y las traducciones hacia otras lenguas.

Muchas veces, algunos clientes potenciales se sorprenden cuando les explico, brevemente, que lo ideal (y repito, ideal) es que el traductor traduzca hacia su lengua o lenguas maternas, en mi caso el castellano y el catalán. (Un apunte técnico: en traducción, traducir hacia la propia lengua se llama traducción directa y traducir de esta hacia otras lenguas se denomina traducción inversa).

Pero y eso, ¿por qué? Es obvio que un traductor tiene o puede tener un gran conocimiento de otras lenguas que no son la suya, que ha estudiado mucho y que puede dominarlas casi a la perfección pero nunca será nativo de esas lenguas. Siempre habrá expresiones que no acabe de emplear en el momento adecuado, quizás cometerá algún error sintáctico o pensará más de una vez “¿será así como lo diría un nativo?” Y es que en definitiva, todos nos sentimos muchísimo más cómodos en nuestra lengua materna.

He aquí un ejemplo muy ilustrativo sobre este tema publicado en Traduzco, el blog de Elena Pérez:

Seguro que la mayoría de nosotros conocemos a algún extranjero que habla muy bien nuestra lengua, que incluso nos sorprende y nos da envidia por lo bien que se expresa en un idioma que no es el suyo; sin embargo, por muy bien que se exprese, siempre hay alguna cosa que no acaba de encajar, no porque sea incorrecta gramaticalmente, sino porque no suena natural, porque un nativo la diría de otra forma.

Traduzco, Blog de Elena Pérez

https://www.flickr.com/photos/oberazzi/318947873

Por otro lado, es cierto que tal y como están las cosas, uno no está para rechazar trabajos, aunque sean hacia otras lenguas que no son la suya. Por eso, lo más recomendable es que contratemos a un revisor o revisora nativo de esa lengua, para que, antes de que entreguemos al cliente un texto con algún error, nos corrija las expresiones que no crea adecuadas, revise el vocabulario y la sintaxis y ponga a punto el texto desde el punto de vista de un nativo.

Yo siempre trabajo con un corrector. Y cuando un cliente me pide una traducción hacia otra lengua que no es la mía, le explico lo que estoy escribiendo en este blog porque además es importante transmitir a nuestros clientes cómo funciona nuestro trabajo y cómo lo hacemos para que salga bien. Para mí, contratar a un revisor nativo es sinónimo de calidad y profesionalidad y es lo que le me gustaría que un traductor hiciera con mi proyecto si yo fuera el cliente. Es importante que el cliente sea consciente de que lo que pide requiere un esfuerzo adicional y que entienda que la revisión por parte de un nativo es una cláusula indispensable para que la traducción tenga la mejor calidad posible.

Y es que como decía Simon Leys, es imposible traducir a un idioma que se conoce imperfectamente. Un traductor español tiene un conocimiento muy profundo de su propia lengua que no tiene en otras de sus lenguas de trabajo. Y esto es porque existen dos conocimientos distintos de la lengua, el activo y el pasivo, que son muy diferentes. El conocimiento activo es el que uno conoce y usa a diario, es consciente de que lo conoce y sabe que lo usa bien. Por otro lado, el conocimiento pasivo es el que se entiende pero no se puede usar con la misma facilidad.

Por poner un ejemplo, yo tengo conocimiento pasivo de gallego porque lo puedo leer o entender hablado (conocimiento pasivo) pero en cambio no soy capaz de hablarlo ni escribirlo (conocimiento activo) porque no lo he estudiado.

Esto es lo que n4903041422_d9d03d4138_zos pasa a la mayoría de traductores: entendemos perfectamente un porcentaje muy alto de palabras en nuestras lenguas de trabajo cuando las oímos o las vemos escritas y somos capaces de transmitir su significado a nuestra lengua (de la que sí tenemos un conocimiento activo más amplio) pero si tuviéramos que hacer el ejercicio inverso, este porcentaje se reduciría muchísimo, porque forman parte de nuestro conocimiento pasivo. Es por ello por lo que, ante una traducción hacia otra lengua, puede que nuestro conocimiento activo sea demasiado limitado y no podamos ofrecer la calidad y profesionalidad que se nos exige.

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