El mal necesario

Esta manaña hablaba con David, un profesional del márketing digital y me he escuchado a mí misma decir: “creo que algunos clientes ven la traducción como un mal necesario. No es glamurosa, parece que no les aporte nada directamente como empresa, pero tienen que invertir en ella para dar una imagen de calidad”.

Y es que esto es precisamente lo que muchas empresas piensan cuando deben invertir en traducción, corrección, interpretación, o cualquier trabajo relacionado con las lenguas. Es posible que este tipo de inversiones no sean vistosas, ni que después de invertir en ellas les llueva el dinero, la fama y tripliquen sus beneficios. No. Está claro que no. Pero, ¿y si no lo hacen?

Ver la traducción como “el mal necesario” es una manera muy simplista de decir que no podemos vivir sin ella. Es necesaria, en primer lugar, para facilitar una comprensión que sin ella nos faltaría. Me diréis: ya, pero si quiero entender qué dice el manual de instrucciones de la máquina de siderometalúrgia que acabo de comprar para mi empresa de fundición, lo pongo en Google Translate y más o menos me apaño. Sí, nos apañamos todos. Yo también he utilizado Google Translate para escribir frases en kazajo. ¿Pero acaso no hay una diferencia entre “ya me apaño” y “quiero ser una empresa de gran calidad y proporcionar a mis clientes una experiencia profesional”? Y acaso no hay también una diferencia entre “voy a ver qué pone más o menos” a decir: “tengo que entender este contrato mercantil a la perfección. Me estoy jugando el futuro de mi empresa”. Esta es, a mi modo de ver, la diferencia entre invertir o no en traducción, corrección de textos, interpretación, etc. No es un mal necesario, es una actividad necesaria, imprescindible y muy importante.

Mirémoslo de otro modo: qué pasa si dejamos de invertir dinero en traducción y publicamos un texto, para el mercado español, con una traducción automática. Claro que ahorraremos costes, pero ¿realmente queremos dar esa imagen de descuido y de que, literlamente, el cliente y su satisfacción nos importan un rábano? Y es que ya nos hemos acostumbrado a las malas traducciones, pero haberse acostumbrado a ello no significa que esté bien. Este es un tema tan frecuente, que hasta se le dedican secciones en programas de radio. En La Segona Hora, de RAC1, tienen una sección llamada “adivine el producot” donde el locutor lee un manual de instrucciones ininteligible y los oyentes tienen que adivinar a qué hace referencia. Atención a la palabra adivinar. Realmente no debe ser el objetivo de nadie, como empresario, que sus clientes adivinen cómo hay que hacer funcionar ese electrodoméstico que acaban de comprar. Además, no solamente se trata de dar buena imagen de puertas hacia afuera; también es importante que en el funcionamiento interno de la empresa todos los documentos tengan coherencia y sean comprensibles hasta el último detalle. Porque el diablo está en los detalles.

Creo que hay que considerar la traducción una fase más del proceso de calidad de nuestra empresa. Estoy segura de que nadie escatimaría en los procesos de pruebas para verificar que un producto es seguro. Pues lo mismo ocurre con la traducción: una mala traducción puede armar mucho revuelo, e incluso podríamos tener problemas legales a causa de ella.  En definitiva, no es un mal necesario, es una necesidad de comunicarse con el cliente y con los empleados, de comprender a la perfección el contrato que vamos a firmar, de proporcionar un buen servicio, de dar una buena imagen y, al fin y al cabo, vender más y mejor, que es a lo que todos aspiramos.

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